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El 2 y 3 de julio tuve el honor de conducir el Congreso Internacional de Urbanismo y Género, un encuentro de referencia impulsado por la Diputación de Barcelona en el Espacio Francesca Bonnemaison, que reunió a expertas, profesionales y cargos públicos para hablar de algo que me toca de cerca: cómo construimos ciudades que cuiden, no solo que funcionen. Dos jornadas intensas, con muchas voces expertas y con sold out desde hacía días.

A lo largo de todas las horas que duró el Congreso, fuimos mucho más allá de los datos y los planos: hablamos de vidas, de quienes habitan las ciudades. Quisimos hablar de cómo habitamos nuestras calles, de cómo nos sentimos seguras y de cómo construimos comunidad desde la cercanía y el cuidado. Nuestro objetivo es ambicioso, sí, pero también profundamente necesario: queremos ciudades que nos cuiden, espacios donde la vida cotidiana de cada persona —con historia, origen, diversidad funcional y realidad socioeconómica— se convierta en el centro real de toda planificación urbana.

Ese objetivo se concreta, entre otras cosas, en la idea de la ciudad de 15 minutos: un modelo urbano en el que cualquier persona puede resolver sus necesidades cotidianas —trabajo, escuela, salud, ocio, compra— caminando o en bici en un cuarto de hora desde su casa. Sobre el papel suena a comodidad; en la práctica, cuando se piensa con perspectiva de género, es una cuestión de tiempo y de seguridad: es la diferencia entre poder ir a buscar a tus hijos, cuidar a un familiar y llegar a tu trabajo sin perder media vida en desplazamientos, o sin tener que decidir qué calle evitar de noche.

El Congreso reunió también mesas redondas, conferencias y conexiones en directo con proyectos internacionales que ya están llevando esta idea a la práctica, cada uno a su manera. En Ciudad de México conocimos las Utopías de Iztapalapa: antiguos terrenos baldíos o degradados convertidos en grandes centros comunitarios gratuitos con piscinas, bibliotecas, espacios deportivos y culturales, algunos de ellos —como la Utopía Cihuacóatl— pensados específicamente para mujeres y niñas, con guardería incluida para que cuidar no sea la excusa para quedarse fuera. En Bogotá conocimos de primera mano las Manzanas del Cuidado: espacios de barrio donde se concentran, cerca de casa y con horarios flexibles, servicios de salud, educación, asesoría legal, formación laboral y cuidado infantil gratuito, dirigidos a las mujeres que sostienen el trabajo de cuidados no remunerado de sus familias. La idea de fondo es sencilla y contundente: si una mujer tiene que elegir entre cuidar y formarse, entre cuidar y trabajar, el urbanismo ha fallado. Bogotá ha exportado ya ese modelo a otras ciudades del mundo, entre ellas Freetown, la capital de Sierra Leona, con la que mantiene un intercambio técnico activo para adaptar las Manzanas del Cuidado a su propio contexto urbano. Y junto a estos proyectos, los laboratorios urbanos presentados en el Congreso —de cartografía feminista, de inteligencia artificial aplicada al urbanismo, de evaluación de impacto de género en el planeamiento— mostraron que no hace falta esperar a la ciudad ideal para empezar a intervenir: se puede hacer barrio a barrio, manzana a manzana.

 

Lo que significa mirar la ciudad con perspectiva de genero

Durante estos dos días hablamos de espacios públicos seguros, de la movilidad cotidiana y de los recorridos de cuidados que casi nunca aparecen en los planos, de equipamientos que sostienen la vida, de participación comunitaria real y de datos que, si no se recogen con perspectiva de género, siguen invisibilizando. Las ponentes lo dejaron muy claro: el urbanismo feminista no es una capa que se añade al final, es una manera distinta de empezar a pensar la ciudad, los espacios, la seguridad, nuestra manera de vivir.

Conducir estas sesiones ha sido, para mí, mucho más que dinamizar un programa. Ha sido tender puentes entre el dato técnico y la propuesta real y la vida de quien camina esa calle a las diez de la noche, entre la ponencia y la experiencia de quien empuja un carrito por una acera pensada para el coche. Ahí es donde creo que puedo aportar más: en sostener el ritmo, en abrir espacio para que el debate sea profundo sin dejar de ser cercano, en que cada persona en la sala sienta que lo que se dice le concierne.

Gracias a todas las ponentes, profesionales y asistentes que durante estos dos días pusieron encima de la mesa un urbanismo que sitúa la vida, los cuidados y la igualdad en el centro de las políticas públicas.

Si estás organizando un congreso, una jornada o un espacio de debate y quieres que alguien lo conduzca sin perder ni el rigor ni la cercanía, aquí estoy.

 

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