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Estaba frente al ordenador, organizando mi semana y la del equipo, cuando la conexión desapareció. Al principio pensé que era algo en casa. Revisé los plomos. Nada. Salí y me encontré con una pareja de vecinos mayores atrapados en el ascensor. Logramos ayudarlos de manera rápida. Con el susto en el cuerpo, nos abrazamos.

En la calle, la información era confusa: primero era el barrio, luego el pueblo, después… ¿varios países?

No había internet, ni teléfono. Compré una radio para saber qué pasaba.
Fui a recoger a mi hijo. Su risa alivió la tensión. Me explicó su día y respondí como pude a sus preguntas.

Jugamos en el parque, sin saber aún cuándo podríamos contactar con nuestros seres queridos.

Mientras el sol seguía brillando, muchas personas no podían volver a casa. Y ese dolor, el ajeno, me atraviesa siempre.
Cuando por fin volvió la luz, volvimos a abrazamos.

Y nos quedó una sensación: esa calma extraña también era comunidad.

👉 El apagón nos mostró nuestra interdependencia.
👉 La necesidad de red.
👉 El valor de la cercanía más allá de la conexión digital.

Somos red. Somos abrazo. La solidaridad une. Los abrazos sanan.

Y sí: se vive mejor sin tanta hiperconectividad.
El liderazgo actual pone el foco en el bienestar