Índice
Sin duda, en la actualidad vivimos muchos más años, por lo que nada debería ser más esperado que llegar a la vejez. A la V de vejez, que muchas personas temen, yo le añado una B: la de belleza. No una belleza romántica ni idealizada, sino la belleza de una etapa de la vida que todavía tenemos mucho que aprender a comprender.
Vivimos más años, pero seguimos pensando el envejecimiento desde una mirada construida alrededor de la pérdida: enfermedad, dependencia, deterioro, jubilación, soledad. Obviamente, envejecer implica pérdidas. Pero también implica experiencia, vínculos, aprendizaje, conocimiento y nuevas formas de relacionarnos con el mundo. Y aquí la neurociencia nos ofrece una mirada especialmente interesante: el cerebro cambia a lo largo de toda la vida. No todas las capacidades evolucionan de la misma manera y seguimos teniendo capacidad para aprender, adaptarnos y construir nuevas conexiones.
Una de las ideas claves es que envejecer no significa dejar de aprender, sino que significa aprender desde otro lugar.
También necesitamos hablar de edadismo: de cómo la edad condiciona las oportunidades que damos a los demás, pero también las que nos permitimos:
“Ya no tengo edad para esto.”
Quizá una de las formas más silenciosas de discriminación sea empezar a vivir nuestra propia vida según aquello que creemos que corresponde a nuestra edad.
La longevidad nos plantea un reto enorme: no se trata solamente de vivir más, sino de construir una sociedad capaz de acompañar vidas más largas, diversas y cambiantes.
Y eso nos afecta a todas y todos.
La pregunta es:
¿Qué sociedad queremos construir para vivir nuestras propias vidas?






